Palabras de Wilbert Torre durante la presentación de Dreamers en la FIL del Palacio de Minería

Palabras de Wilbert Torre, cronista y autor de los libros Narcoleaks y Obama Latino, durante la presentación de Dreamers en la XXXV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. México, D.F., 2 de marzo de 2014.

Para hablar de Eileen y su trabajo en este espléndido libro quiero empezar hablando de un periodista clásico. Julio Camba nació en Villanueva de Arosa, Pontevedra, en una familia de clase obrera: su padre era maestro de Escuela. A los trece años se escapó de casa y se embarcó de polizón en un barco que iba a la Argentina. En Buenos Aires se introdujo en los círculos anarquistas e hizo sus primeras armas literarias redactando proclamas y panfletos. Fue expulsado de Argentina, junto a otros anarquistas extranjeros. Julio Camba era periodista, uno de los grandes cronistas de la España del siglo XVIII.

Camba era un prolijo escritor de artículos. Debió escribir miles que después se transformaron en libros, en media centuria dedicada al arte pertinaz de escribir sobre todo lo que le pasaba frente a los ojos: el mar, un reloj, un peluquero, suizos escasos en Suiza y un calvo en Alemania. Su trabajo estaba compuesto por un andar persistente y obsesivo, incansable, por lo que representa y compone la vida del hombre: un país, una ciudad, un pueblo, sus habitantes y sus circunstancias.

Dreamers, este libro de Eileen Truax, es un libro escrito en un paralelismo importante con el trabajo de Camba. Eileen emigró a Estados Unidos en el año 2003. Comenzó a trabajar en el diario La Opinión y como Camba entregaba todos los días no una ni dos sino a veces tres o más textos de diario, como ocurre con el trabajo de un reportero en casi cualquier diario del mundo. Ser reportero, si uno se emplea a fondo, es un trabajo exhaustivo, riguroso, fatigante, a veces enloquecedor, en el que uno escribe sobre miles de cosas. Eileen empezó a escribir sobre muchísimas cosas en su escritorio de Los Ángeles y en medio de tantas citas, conversaciones, visitas y entrevistas se le fue quedando y formando en la cabeza una sola cosa. Eso que comienza como una curiosidad, se transorma en un impulso y después de un tiempo comienza a tomar forma de deseo, el deseo por escribir un libro.

A todos nos ha sucedido de manera distinta. A Eileen le pasó con los dreamers. Llegada a Estados Unidos comenzó a escuchar de los dreamers, después escribió una nota breve con datos de dreamers, más tarde visitó a un dreamer, a otro y a otros más, y cuando se dio cuenta su cabeza era una pequeña ciudad habitada por dreamers, esos jóvenes soñadores que todos los días luchan por esas cosas que para otros son rutinarias: ir al escuela en la lejanía –si eres dreamer no tienes licencia y tu hermano nacido en Estados Unidos tiene que aceptar llevarte–. Aspirar a ir la universidad en el país en el que creciste. Estudiar, obtener un título, un empleo y aspirar a ser alguien con una historia futura en el único país al que te une un vínculo de pertenencia, en único fragmento en la tierra que has habitado y del que tienes memoria.

Ser alguien. ¿Existe algo más desolador que la idea de que uno es inexistente en el mundo en el que uno respira, come, duerme, sonríe y sueña? Ese es el mundo de los dreamers y Eileen se entregó durante años a entrar en él para contarnos sus historias.

Una de las cosas que más me gusta de este libro de Eileen es que es un ejemplo sin estridencias de lo que ha sido y puede seguir siendo el periodismo, en tiempos de caos informativo, ideas fugaces e historias sin sentido.

Los diarios, las televisoras, las radiodifusoras escriben y hablan de política, deportes, espectáculos. Se han olvidado de la gente. ¿Por qué? A diferencia de los zapatos gastados de Camba o Eileen, los periodistas, no todos, por fortuna, pero sí muchísimos, han quedado atrapados en el mundo de la tecnología, del Google search, de los datos duros y fríos detrás de un escritorio. Cada vez leemos en los diarios más notas informativas y menos historias que pueden ayudar a explicar estadísticas, comportamientos, tendencias sociales, porque cada vez hay menos periodistas trotamundos y aún menos periodistas camina calles.

Los medios se han olvidado de la gente y también de las urgencias y las causas de la gente. Una causa no es necesariamente una bandera ni una proclama política. Una causa es lo que motiva a encontrar una solución a algo que está mal. Si tu hijo va mal en la escuela, tienes que entregarte a la tarea de enseñarle a pensar, a entender, a razonar. Y en este mundo cada vez más insensible, cada vez es más fácil que las cosas que importan pasen frente a nuestros ojos sin llevarse ni un halo de nuestra respiración.

En Dreamers, escribe Eileen:

El Royce Hall de la Universidad de California en Los Ángeles está en ebullición. En la terraza exterior la élite académica y judía bebe una copa antes de entrar al auditorio por donde han desfilado Einstein, Kennedy y Sinatra, y hasta donde esta noche llegará el famosísimo Woody Allen. La UCLA está construida sobre 1.7 milómetros, la mitad del Central Park de Nueva York, y cuando caminas por los jardínes y construcciones del campus te olvidas del mundo de allá afuera. Los prados recortados y parejitos, los muchachos tendidos en el césped. Un día, tres años atrás de que Woody Allen entrara al auditorio iluminado por las luces de un edificio neo Romano, una chica filipina abrió una puerta cerca de ahí, entró a la oficina del director de Programas Comunitarios y le dijo:

–No tengo dinero para comer. No sé que voy a hacer.

Eileen nos cuenta entonces la historia de un cuartito invisible en el mundo exterior y en ese mundo en el que la mayoría de estudiantes viven en otra realidad. Dentro del cuartito hay un gran refrigerador y una alacena. En la UCLA, una universidad con prestigio mundial, existe el hambre. Hay estudiantes que no tienen para comer porque sus familias han perdido sus casas, porque sus padres perdieron el empleo o porque, como en el caso de los dreamers, no les alcanza para nada más que para pagar la colegiatura. Al cuartito entran los estudiantes con hambre y toman una fruta, un sándwich que nadie comió en el evento que ya terminó, una cajita de pasta instantánea. Algunos de quienes entran ahí lo hacen lo más rápido posible, sin cruzar la mirada con nadie.

Esta es otra de las razones por las cuales Dreamers me parece un libro extraordinario. Es un libro que sin dramatismos nos muestra los problemas de una sociedad como la norteamericana en un país donde existen pobres y hambre y suicidios y desempleo, y lo hace sin convertir el libro en una colección de pasajes sombríos. Es un libro, por el contrario, lleno de luz. De deseos. De muertes que significaron algo.

Así Eileen nos cuenta la historia de Joaquín Luna, que a diferencia de sus hermanos no había nacido en el país en el que vivía, que tenía 19 años, que estaba lleno de planes y de sueños, que quería ser arquitecto, que iba a la iglesia vestido con elegancia, que se llenó de furia y angustia sin que nadie se enterara, y que una noche se disparó a la barbilla con un revólver.

Dice Eileen:

Algo tenía que confiaban en él, quizá por su rostro aniñado. Siempre estaba contento, no peleaba con nadie, era respetuoso y buen estudiante. Tenía una gran imaginación. Unas tardes era un Power Ranger y otras era Mr. Freeze, con un sarten en la cabeza.

Hace y algún tiempo, cuando Eileen estaba ya embarcada en la aventura de escribir Dreamers, me escribió una tarde en el chat. Me dijo que tenía dudas y quizá cierto miedo porque en esos días se publicaría un libro sobre migrantes de una reconocida escritora norteamericana. Le dije que no se preocupara. Que no tenía por qué. Que si el libro que le preocupaba estaba repleto de datos, estadísticas y números para retratar la precariedad del sistema migratorio norteamericano, el suyo, estaba seguro yo por las historias que me contaba tardes enteras, sería un libro lleno de emociones y de historias y de los rostros detrás de todo esa vasta complejidad.

Y Eileen ha logrado con este libro humanizar sin dramatismos y con algunas dosis de buen humor la tragedia de los soñadores a los que un sistema, una sociedad aún anclada en el racismo, un presidente negro que ha roto récord de deportaciones, les han escamoteado el derecho a ver hacia el futuro sin rejas.

Una de mis partes favoritas, y con esto voy a terminar, es esta que pinta de manera excepcional el mundo que rodea a una persona que ha crecido entre dos países, dos lenguas, dos sociedades, dos sueños. Un mundo con frecuencia inexistente para casi todos:

Los labios trazados por fuera de su línea natural son perfectos para la sonrisa extraña de María sin papeles cuando hace un chiste: I just crossed the border an my mamá was like: apúrate cabrona. I know some of you are thinking: “bueno, ¿está qué, es prostituta o qué? Ay, estoy eylashes no me dejan ver. María sin papeles came here to work, a chingarle. What do I do? I sell Avon. I have a brother back home and I take care of him.

Dreamers, libro extraordinario, es también un recodatorio de que nuestras sociedades necesitan un periodismo humano, riguroso, agudo y también curioso. Un periodismo con menos data y más piel. Un periodismo que nos ayude a interpretar el mundo en el que vivimos. Un periodismo dreamer.

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