Palabras de Ernesto Núñez durante la presentación de Dreamers en la FIL Guadalajara

Palabras de Ernesto Núñez Albarrán, director del suplemento “R” de Reforma y autor de Crónica de un Sexenio Fallido, durante la presentación de Dreamers en la FIL Guadalajara, 6 de diciembre de 2013.

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(De izq. a der: Salvador Frausto, Eileen Truax y Ernesto Núñez Albarrán. Foto: Alex Torres)

Nos cuenta Eileen Truax en el capítulo seis de su libro Dreamers que, para entrar a la oficina del temible sheriff Joe Arpaio, es menester subir al piso 19 de un edificio en el centro de Phoenix, Arizona; usar un intercomunicador, identificarse, y esperar a que la persona de adentro toque un timbre que nos indicará que se puede cruzar la puerta para entrar a una recepción con tres sillones, una mesita y una lámpara. “La atmósfera intenta ser acogedora, pero intimida”, detalla Eileen. “Puede ser por las paredes recubiertas con madera que reducen la luz, o por la camarita colocada arriba, en una esquina del cuarto, o por la sensación de ser observado a través del vidrio polarizado que conecta con el interior”.

El libro de Eileen, sus nueve crónicas en torno a la lucha de una generación por su sueño americano, está lleno de descripciones como ésta.

Su potencia narrativa es extraordinaria. Lo mismo cuando describe un auditorio por el que han pasado Frank Sinatra, Woody Allen o Ella Fitzgerald, que cuando retrata una calle de Alabama cerrada por un grupo de jóvenes.

Eileen se asume migrante, se despoja de la postura de periodista frío, “objetivo”; esa impostura en la que se finge no sentir nada frente a lo que se narra. Ella se suelta las amarras y huye de formalismos para involucrarse, meterse de lleno al conflicto, adentrarse en las tripas del movimiento Dreamactivist y salir de ahí para narrarnos historias que, leídas desde acá, parecen insólitas.

Cuando Eileen nos habla de Carlos Amador, uno de los primeros personajes de su libro, de inmediato sabe uno a lo que se va a enfrentar en las siguientes 220 páginas: historias de vida que permiten entender uno de los grandes fenómenos que enfrenta la humanidad en el siglo XXI: la migración y sus múltiples secuelas. En la era de la aldea global, en la que todos, se supone, somos ciudadanos de un mundo en el que las fronteras se borran con una simple incursión en internet, ocurren cosas como las que Eileen descubrió en Estados Unidos… aquí a lado.

Biografías como la del joven veracruzano Elioenaí, que como muchos Dreamers migró sin conciencia de la aventura que emprendían sus padres en el momento en que decidieron dejar la tierra natal.

Personajes como Fernanda Marroquín, Viridiana Hernández, Belén, Mo y los 13 detenidos de Alabama, que decidieron, dice Eileen, salir de las sombras y decirle a alcaldes, gobernadores, legisladores y líderes de opinión estadounidenses, y también a Barack Obama, estamos aquí, undocumented and unafraid.

Cuando uno lee la historia de Nancy Landa y su regreso forzado a Tijuana en un día en el que, como cada día, se arregló, abordó su auto y manejó para llegar a la oficina, uno termina sintiendo algo por Nancy. Afecto, solidaridad, pero no lástima. Es cierto, Eileen tuvo la suerte de encontrarse con una gran historia, con grandes pequeñas historias, pero también tuvo la valentía de aferrarse a esa historia, la capacidad para no abandonarla y el talento para narrarla.

Eileen reivindica lo que por desgracia, es ya una rareza en la prensa que se consume masivamente en México, el periodismo presencial.

Hace unos días, un “periodista famoso” escribió un tuit que decía: “Sin confirmar, corren versiones de la supuesta muerte de AMLO por un presunto infarto”. Gran clase de antiperiodismo. Eileen desafía eso, formando parte de una generación de periodistas que sigue haciendo lo que se nos dio como misión y vocación: reportear. Eileen pregunta, no supone. Eileen va, escucha, siente y anota, no difunde presuntas versiones que corren sin confirmar. Ve cara a cara a sus fuentes, a sus personajes.

Eileen viaja a Mission, un caluroso pueblo texano, cerca de McAllen, para poder contarnos la vida de Joaquín Luna, un dreamer de 19 años que se suicidó una noche después de un Día de Acción de Gracias.

Y se encuentra con esas historias. Hace unos días invité a Eileen a hablar con un grupo de alumnos de la Universidad Iberoamericana, y ahí dijo que hay historias que uno busca e historias que lo encuentran a uno. Yo celebro que la historia de Dreamers la haya encontrado a ella.

El libro de Eileen es un oasis en ese mundo en extinción del que nos hablaba Ignacio Ramonet hace un rato, el periodismo de investigación. Su texto es un afortunado cruce de diversos géneros que, como advertía Ramonet, están en peligro: crónica, perfil, entrevista de largo aliento, reportaje.

Pero además es también un buen manual para entender la organización en redes sociales. “Cuando empecé a escribir este libro me volví una especie de voyeur“, nos cuenta Eileen en la página 177 de su libro. “Durante el tiempo que pasé frente a la computadora, leía blogs, artículos y el tablero de mensajes de grupos organizados por Dreamers, y hacía revisiones periódicas de las actualizaciones que hacen en Twitter y en Facebook las diferentes organizaciones. El voyerismo dreamer se me volvió una rutina”.

Así nos habla Eileen en su libro todo el tiempo. Escribe en primera persona, narra lo que ve, lo que oye y lo que huele. Reportea con sus cinco sentidos y escribe con seis. Describe las miradas de esos chicos que se la juegan en una movilización, y se atreve a interpretarlas. Oye los sonidos de las macanas de los policías de Phoenix y logra transmitir en su libro el miedo que provoca esa cadencia perfecta de botas que avanzan hacia un grupo de Dreamers sentados sobre una manta. Eileen entiende lo que ocurre a su alrededor y se anima a contárnoslo. Nos habla del paisaje verde de Alabama, esas extensiones de vegetación que llevan 200 años siendo las mismas, y nos hace sentir el calor de Texas o la calidez del clóset de comida en la universidad de UCLA. No se conforma con narrar lo que captura; siente, se permite emocionarse y abandona esa frialdad con la que, a muchos de nuestra generación, nos quisieron enseñar a reporterar en aulas y en redacciones. Ella fija postura, expresa puntos de vista, se da la oportunidad de abrazar una causa, compartirla. Interpreta y opina. Nuevamente lo digo: se da a sí misma la oportunidad de sentir y emocionarse. Se indigna. Se alegra y también se entristece. Me pregunto ¿cuántas veces habrá llorado Eileen reporteando y escribiendo este gran libro?

Seguramente muchas y, de seguro, cuando lo lean les pasará como a mi, que también lloré con Eileen en algunos capítulos.

El libro es también un buen ejemplo de un oficio también en extinción, la edición. En un mundo donde la mayoría de los editores de diario pasan el día acomodando textos en cajas, recortando crónicas para meterlas en pequeños huecos o, en el peor de los casos, haciendo copy-paste en un generador de contenido para subir a la red textos que no leyeron, textos sin edición ni revisión que luego inundan blogs y páginas de Facebook. En un mundo así, Eileen encontró un gran editor, Guillermo Osorno, que la hizo sufrir, me consta, pero también la hizo crecer.

Felicidades por este libro, Eileen, y felicidades a la editorial Océano que se sigue dando la oportunidad de publicar este tipo de trabajo periodístico, de gran calidad.

Eileen hace que los que compartimos con ella una generación de periodistas que se resiste a que el periodismo se extinga, nos sintamos orgullosos. Ella misma es una soñadora, una dreamer del periodismo.

Muchas gracias.

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